La aparición de una plataforma petrolera británica en el atlántico sur causó estupor en el gobierno nacional y en prácticamente todos los legisladores. Uno de los motivos del atropello que sufrimos es la falta de respeto ante un país que, como el nuestro, está falto de respuesta, no solo política y diplomática, sino militar.
Hace mucho tiempo un viejo catedrático con quien nos habíamos sentado a compartir un café en un clásico bar de Buenos Aires, después de retirar de su boca el pocillo de gruesa porcelana blanca, redondeó algunas disquisiciones que se habían planteado en la mesa con respecto al conflicto del Atlántico Sur, que por aquellos momentos aún estaba latente en el espíritu de muchos argentinos;
Allí nos dimos cuenta que quienes analizaban el conflicto de las islas, alejados de nacionalismos solo declamativos, tenían una mirada más objetiva y sincera de los verdaderos motivos por los cuales un país del 1er Mundo movía su flota 14.000 kilómetros, para disputarle un pedazo de turba a otro país de confín y encima, tercermundista.
El petróleo debajo del mar es un viejo tesoro que Inglaterra guardó para sí, pero que nunca se vio en la necesidad de poseerlo, primero porque eran reservas a largo plazo y después porque de parte de Argentina nunca hubo interés en las riquezas naturales sumergidas, los reclamos siempre estuvieron girando en torno a la "soberanía" en términos políticos, no económico, vocablo tan discutible y elástico como las negociaciones que se prolongaron más de cien años.
Sin embargo, cuando al alcoholizado Galtieri se le ocurrió fundar una gesta inaudita, los británicos reaccionaron como debían hacerlo, pero sin ninguna motivación fundada en principios de territorialidad o nacionalismos baratos, inclusive los Kelpers y su autodeterminació n fue una excusa que le vino como anillo al dedo a la dama de hierro, pero, muy interiormente, poco le importó a Inglaterra la opinión que tuvieran los 3.000 ovejeros residentes, para resolver sus acciones de defensa perfectamente planificadas.
Sin embargo los sucesivos gobiernos nacionales parece que nunca consideraron como cierta la posibilidad de que Gran Bretaña se interesara por el petróleo y que recién despiertan a la realidad, cuando se enteran que una plataforma off shore comenzó a agujerear nuestra plataforma marítima.
Algunos voceros del gobierno no dudaron en calificar a nuestra diplomacia como "impecable", sin embargo, a juzgar por los resultados, no lo ha sido tanto a lo largo de estos últimos 30 años.
Creer que Gran Bretaña discutía la pertenencia de estas tierras de confín, solo para defender sus argumentos históricos, es de una inocencia imperdonable.
Admirable, eso si, la actitud de los países sudamericanos en esta oportunidad, aunque me guardo la reserva por la posición final de Chile y Brasil en caso de que la guerra diplomática obligue a los países de la región, confrontar con los intereses de Gran Bretaña y Estados Unidos aliados comerciales y políticos de nuestros vecinos.
A la Argentina no le queda nada que hacer, simplemente plantar la queja en todos los organismos internacionales, batir el parche de la solidaridad sudamericana (ni siquiera americana) y esbozar amenazas veladas a un país que ya vivió las consecuencias de decisiones trasnochadas y no escatima esfuerzos para asegurar lo que quiere defender a cualquier precio, el petróleo y su salida antártica.
Mientras tanto desde Alfonsín hasta acá, cada gobierno ha colaborado para diezmar sistemáticamente a las Fuerzas Armadas nacionales.
Hace 30 años que no se invierte en armamento, en desarrollo técnico, científico ni material.
La Armada Argentina no sirve.
Los regimientos se han achicado, las fronteras están despejadas, no existe control aéreo ni terrestre y así podemos seguir enumerando la destrucción de un aparato militar y de seguridad que necesitaba un cambio urgente, una transformació n inmediata, pero de ninguna manera la anulación de sus capacidades operativas.
Todos los países del mundo que pretenden limitar o desalentar los ataques de otros países, han desarrollado un poder de fuego disuasivo suficiente y necesario como para poner límites de resguardo a la prepotencia y ambición de otros y de ninguna manera se los puede catalogar como países belicistas.
Nadie habla de hacer una guerra, se trata de defender la casa de uno.




